Querido, leído y escuchado Jorge, vivimos tiempos de audiencias, de creyentes alucinados, de deseos desmesurados, de gentes que asisten a las escalinatas (auditorio al sol y al agua, propicio para distintos virus) que no miran al río (donde la vida fluye) sino que dan la espalda al agua, al brillo y al curso del torrente. Gente del común, sistematizada, competitiva (alguna), encerrada en bases de datos y acosada por las deudas, el estar mal y los sueños en una esperanza que se aleja y cada vez frustra más (como toda esperanza, como todo deseo en lograr hacer algo sin construir Nada). Y en esas escalinatas, donde usted sitúa el sueño (el de los avisos, el de los predicadores entusiasmados, el de la miasma), se reúnen los pestilentes, los que no han crecido, los que lo han dejado todo, los que se asolean a falta de quien los quiera, los que no han comido, los que viven en vinagre. En sus dos poemas, Jorge, El gran Burundú Burundá ha muerto y en El sueño de las escalinatas, las audiencias crecen (lo que hoy llaman el rating) y las mezclas más inverosímiles se unen para crear toda clase de absurdos y de credulidades. Es como si lo construido hasta ahora (lo que aún puede llamarse civilización) ya no tuviera el efecto de permitir vivir con dignidad sino de destruir. Porque las audiencias se logran con destrucciones (de las costumbres, de los principios), con la puesta al día de lo morboso, con la exhibición de lo peor (basta ver algunos programas de televisión o escuchar muchos de radio) y la creación de mundos superfluos en los que las personas son cosas, meros objetos de uso, referencias de zonas de tolerancia y estado de naturaleza (egoísmos desbordados). Pero, querido Jorge Zalamea Borda, crece la audiencia. Y en nombre de las audiencias (en lograrlas a como dé lugar, para ello no hay argumento sino técnicas de marketing y propaganda), se toman decisiones (conveniencias) que atentan contra la verdad adquirida (al menos la lograda), contra los consensos y la historia, contra los principios básicos y los valores más simples. Porque la audiencia, como la suya en las escalinatas y de espaldas al río, hay que alimentarla con lo deforme y lo inaudito, con lo que huele a podrido y lo que alucina, como pasa con
Las orquestas en las películas de Emir Kustirica. Crece la audiencia con ruido, con mentiras, con contradicciones. Y la amplitud de conciencia (lo que sería el conocimiento) se hunde por un caño. Y frente al caño, se reúne la audiencia. La reúnen.
Jorge Zalamea Borda, nació en Bogotá en 1905 y murió en 1969. Poeta, ensayista y político.
| Por |José Guillermo Ánjel R. |