sábado, 29 de enero de 2011
¿Destino?
"Don't get any big ideas
They're not gonna happen"
They're not gonna happen"
|nude|radiohead|
Me resisto a creer en la veracidad de esta "frase".aunque Arrogantemente podemos pensar que todos nuestras grandes ideas o deseos se cumpliran. pero no podemos ser tan tontos de no tener presente, las insignificantes criaturas que somos frente a este inmenso (para algunos infinito) universo.
NO podremos escapar de esta precaria condición de estar sometidos, para algunos a la voluntad de un dios, para otros a una fuerza o energía cósmica,Y para otros como yo a esa misteriosa y por extensión maravillosa circunstancias que rodean nuestra existencia.
El día que Nietzsche lloró
Maravillosa novela me recomendó un amiga. A pesar de que yo ya la había visto en alguna que otra biblioteca y el título me había llamado mucho la atención, solo decidí prestarla luego de que ella me la recomendó en aquella clase.
El título sin dudas me llamó la atención por mencionar a un filósofo tan sorprendente como controvertido: Friedich Nietzsche.
No puedo negarlo, desde la primera vez que oí hablar de él, me surgieron unas intensas ganas de querer adentrarme en su filosofía. Y así fue como día a día trato de aprender cuánto más puedo sobre el…y sinceramente: no puedo dejar de maravillarme.
El libro es una novela, es ficticia, pero los acontecimientos que tienen lugar allí tranquilamente podrían haber sucedido en la realidad. Además, el autor parece ser sumamente informado sobre cada tema que narra en la novela.
Hoy, después de unas cuantas semanas desde que finalicé la lectura, decidí darle una hojeada para releer las frases y párrafos que había marcado en aquel entonces, y me detuve a pensar en la siguiente:
“Tengo períodos negros. ¿Quién no? Pero no me dominan. No forman parte de mi enfermedad, sino de mi ser. Podría decirse que tengo la valentía de padecerlos.”
Es una frase de Nietzsche de una conversación entre él y Breuer. Y me sentí identificado porque yo estoy en constante lucha contra mis “períodos negros”. ¿Me dominan? Es una pregunta que para mí situación no tiene respuesta, porque yo no sé realmente si mis depresiones y caídas me dominan o yo las domino a ellas. No sé si podría hablar de “dominación”, lo que si tengo en claro es que forman parte de mi ser. Siempre lo digo: soy luz y oscuridad. Y también creo que en la mayoría de nuestras veces nuestra mente se encuentra dominándonos más que nosotros a ella. Creo que más nos dominan nuestros sentimientos ¿a caso alguien puede controlarlos?... y si mis depresiones o períodos negros tienen que ver con mis delirios mentales y con mis sentimientos, creo que no tengo el poder de dominarlos. Pero si estoy completamente seguro de que forman parte de mí. Lamentablemente tiendo a pensar muy seguido de que yo no fuera yo mismo sin esta melancolía que me acompaña casi a diario, tiendo a pensar que yo no sería yo sin esta nostalgia, sin esta tristeza que me acompaña diariamente en uno o muchos momentos del día. ¿Será que ya me acostumbré a ella y no puedo despegarme? Será que ya intenté una y mil veces de infinitas maneras posibles alejarme de ella pero siempre vuleve a buscarme. Ojala algún día pueda hacer prevalecer mi luz a mi oscuridad, y afirmar que si bien los períodos negros forman parte de mi ser, no son los que en cantidad prevalecen sobre mis períodos luminosos… pero lo que sí tengo en claro, como dice la frase: es que tengo la valentía de padecerlos.
martes, 25 de enero de 2011
A Schmitt
Querido y divertido Eric- Emmanuel, el año pasado, en estado de urgencia emocional (la lectura nos termina salvando de todo), leí una obra de teatro suya titulada Pequeños crímenes conyugales. La historia es simple: un hombre pierde la memoria en un accidente y regresa a casa donde, a pesar de lo que ve y siente, no logra saber quién es. Así que su mujer es la encargada de reeducarlo para que vuelva a recuperar su estado de realidad. El juego es interesante: la mujer tratará de crearle una historia de acuerdo con sus intereses. Y él tratará de ajustarse a esos intereses, haciéndose muchas preguntas. Tantas que finalmente descubre que no ha perdido la memoria sino que busca saber cómo quiere su mujer que sea él, lo que lleva a una serie de encuentros de todo tipo (buenos y malos), ya que la realidad no es un deseo sino un estado invariable en el que las situaciones se dan como son y no como queremos que sean. Total, en la comedia, salen a flote las miserias que escondemos. La comedia, para los griegos, es una burla a los errores que cometemos, en especial el Estado que pierde la noción de lo real cuando se rodea de mentiras e ilusiones. Ya através de esa burla (de un tercero que ve sin tomar partido) podríamos corregir el error. Claro que la comedia no se compromete con la cura del error persistente y menos con la mentira que busca ser verdad y se defiende argumentando de manera cada vez más risible. En otras palabras, la comedia no cura la mala comedia. Yen este punto, Eric Emmanuel, nos situamos en estas tierras de la pérdida permanente de memoria, memoria que realmente no se ha perdido sino que cada vez es más ignorante. Si la memoria se miente a sí misma, como la anciana que se ve hermosa cubriéndose las arrugas con las manos, ya es fatal. Los pequeños crímenes conyugales son esas acciones simples y desnudas, que nos evidencian cada tanto, así tratemos de guardar las apariencias o de mentir descaradamente para que la verdad no se manifieste. El problema es que, como las burbujas dentro del agua, siempre salen a flote. Nada queda en silencio, nada que contenga gas se hunde, todo finalmente se sabe y, querido Eric-Emmanuel Schmitt, el ridículo se toma la palestra, cuando no es la justicia la que actúa. La farsa de hoy es el juicio de mañana, así la memoria esté enferma. Y no es una profecía decir que lo de hoy será visto más grande mañana. La historia, como los microscopios electrónicos, mostrará fisuras, plagas, deformidades, puntos mal unidos, etc. Y no valdrá de nada lo que se diga: la construcción estará presente. Eric-Emmanuel Schmitt, filósofo, novelista y dramaturgo. Nació en Lyon (Francia) en 1960 y su especialidad es la literatura amable sobre lo terrible. Y lo terrible no es una gran tragedia sino la suma de pequeños errores cotidianos que finalmente hacen metástasis. Basta leer La Marcha Radetzky de Joseph Roth.
| Por |José Guillermo Ánjel R. |
jueves, 20 de enero de 2011
Oliverio Girondo
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W.C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo -me pregunto- todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas todas juntas a la mierda.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W.C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo -me pregunto- todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas todas juntas a la mierda.
|Oliverio Girondo|Espantapájaros|
Mi interpretación (o mis delirios)
Estuve leyendo Espantapájaros, una obra Oliverio Girondo, poeta argentino que conocí el sábado gracias a un amigo que me lo recomendó.
Particularmente, me llamó la atención el anterior poema. El tema de la personalidad es un tema que me interesa demasiado, lo cual es común siendo una estudiante de Psicología.
En Psicología hay varias y diversas teorías de la personalidad. La gran mayoría defienden que la personalidad es algo único en cada persona, a diferencia de lo que expresa Oliverio afirmando que el es un conglomerado de personalidades.
Pero no me quiero perder en cuestiones psicológicas, más bien pretendo adentrarme más en este poema y tratar de interpretarlo de acuerdo a mis pensamientos.
Sinceramente, a pesar de sostener que la personalidad en cada persona es única, me sentí un poco identificada con las palabras del autor. Quizás lo que yo no comparta es haber utilizado el término “personalidad” para expresar las diferentes maneras de concebirse a sí mismo en las diversas ocasiones de su vida.
Yo creo que es dentro de esa misma y única personalidad, en donde encontramos un sinfín de características que nos son propias. Y creo que son estas características las que nos invaden constantemente a lo largo de nuestros días. Quizás algunas de esas características puedan formar una especie de conjunto –conglomerado, o cocktail en palabras del autor-, que nos hace confundir y creer que tenemos más de una personalidad. Porque puede que dependiendo de nuestras maneras de actuar, sentir y pensar…a veces nos parezca que somos personas diferentes en diferentes situaciones.
Entonces, a partir de mis observaciones, voy a pasar a sustituir el término que utiliza el autor, más bien, en vez de hablar de personalidad, yo voy a hablar de diversas maneras de concebirnos a nosotros mismos. Creo que no es cuestión de buscar una “personalidad verdadera”, creo que nuestra personalidad siempre es verdadera, es única.
Todas estas maneras de concebirnos son las que forman esta personalidad, todas estas maneras de vernos a nosotros mismos, o de cómo nos ven las personas que nos rodean, son las que muchas veces nos alteran, porque son contradictorias, porque son infinitas, porque son tan diversas e infinitas que muchas veces nos hacen confundir, perdernos, nos hacen enloquecer.
Es interesante cuando el autor aclara que muchas veces cree que esas “personalidades” no le pertenecen. Aquí me detuve a pensar en el concepto psicoanalítico del “inconsciente”, precisamente aquello que nos es ajeno, aquello que se nos escapa de las manos, aquel lugar oscuro al cual no podemos acceder. Quizás sea culpa de este inconsciente, el hecho de sentir que muchas veces nos encontramos fuera de nosotros mismos.
Creo que todos tenemos ciertas facetas de nuestra personalidad que nos gustaría ocultar, creo que todos somos luz y oscuridad, todos tenemos pensamientos que nos incomodan pero sin embargo ahí están, no los podemos negar por más que quisiéramos, gran parte de lo que sentimos excede nuestra razón, gran parte de nuestras emociones, de nuestros sentimientos, son incontrolables. Y por más que intentemos evadirlos, no hay manera alguna de escapar de ellos.
Creo que está en la naturaleza del ser humano el ser contradictorio, y toda esa confusión que expresa el autor es precisamente por eso. Porque entre nuestros pensamientos, entre nuestras acciones, entre nuestros sentimientos…hay una lucha constante de contradicciones. No siempre estamos a gusto con lo que somos, a veces incluso nos aborrecemos, nos odiamos por haber actuado de tal manera. A veces somos quien no queremos ser, a veces creemos habernos perdido en nosotros mismos. A veces pensamos de una manera y actuamos de otra, a veces pensamos cosas que no quisiéramos pensar, sentimos cosas que no quisiéramos sentir. A veces nuestra razón es abolida por nuestros sentimientos. A veces incluso, nos encontramos tan confundidos, que creemos habernos perdido a nosotros mismos.
Una de las frases que más me hizo pensar en el inconsciente freudiano es la siguiente: “Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio”. Inevitablemente me hizo pensar en alguna especie de lapsus o de acto fallido en la palabra.
Por otra parte, me fue inevitable no detenerme a plantear que quizás lo que el autor quiso expresar fue una lucha entre lo correcto y lo indebido, entre lo que nuestros pensamientos creen que es correcto y lo que quisiéramos estar haciendo en acciones. Especialmente cuando hace referencia a “una personalidad” que insiste en acostarse con todas las mujeres, y otra que le aconseja que lo mejor es la abstinencia, o aquella “personalidad” que lo sucumbe al insomnio y la otra que lo despierta al amanecer.
En esas partes se puede notar explícitamente la lucha de dos fuerzas contrarias, una especie de lucha entre el bien y el mal, entre la razón y la pasión, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo que nuestros impulsos nos hacen desear, pero lo que nuestra moral nos obliga a no realizar. O entre aquello que quisiéramos hacer de tal manera, y no poseemos el control de realizarlo, como por ejemplo, el caso de que el insomnio muchas veces nos impide dormir, y de esta manera no podemos despertarnos al amanecer, como quizás sería lo correcto.
El párrafo final es realmente sorprendente. Pareciera ser que el poeta, tras detenerse a pensar demasiado en la infinitud de aquellas fuerzas en contradicción, termina analizando y pensando tan detenidamente en cada una de ellas, que las infinitas posibilidades lo terminan llevando a su irrealización.
Quizás esa infinitud de maneras de actuar, pensar y sentir lo terminaron paralizando. Quizás el hecho de pensar demasiado en cada una de ellas terminó destruyéndolas, y dejándolo en la nada misma. Porque al pensar demasiado, se le dificultó la actuación misma. Pensar le impidió actuar.
Quizás lo más correcto no hubiera sido hablar de personalidades, sino más bien de la infinitud de pensamientos tan contradictorios como sorprendentes que asechan a las personas que pensamos demasiado, que nos preocupamos demasiado, que analizamos detenidamente cada una de nuestras situaciones.
Quizás tanto el poeta, como yo…deberíamos “mandar un poco a la mierda” a todos esos pensamientos, -o “personalidades” según sus palabras-, que nos carcomen la existencia, que nos impiden actuar, que no nos dejan romper con la inercia, que nos mantienen en un estado de desmotivación…para de esta manera poder arriesgarnos de una buena vez por todas, para poder actuar, para poder vivir un poco mas intensamente…
lunes, 17 de enero de 2011
A Caballero
Querido y ahora reconocido General Lucas, esta semana he leído sus Memorias de la guerra de los mil días. Y si bien a los perdedores (usted hacía parte del bando liberal) hay que creerles poco por aquello de que escriben más novelas que historia, lo cierto es que en su documento hay datos serios sobre el desorden que alimenta nuestro país, siempre en guerra. No creo que haya una generación que desde la conquista haya tenido noción de una paz completa. Ataques, saqueos, violaciones, corrupción, desplazamientos, magnicidios, se esconden bajo ese lema ideal de Libertad y Orden, palabras éstas que no hemos podido entender todavía. Y no porque sean complejas sino debido a la falta de una voluntad política que cree una idea concreta de país. En otras palabras, no hemos tenido patria, si entendemos por patria aquel lugar donde yo me siento seguro porque hay bien y futuro. Su libro, respetado General, habla de los ejércitos liberales enfrentados a los ejércitos conservadores, en una guerra civil iracunda en la que las armas brotaron de la nada, así como brotan los tiples cuando hay fiesta (esta última frase es de la introducción), al igual que los capitales que sostuvieron la contienda. Ya se sabe que las guerras tienen que ver más con economías que con ideas y, como pasa, las ideologías finalmente se convierten en conveniencias. Y esa guerra de los mil días, que ganaron los conservadores, sólo fue el preámbulo a la violencia (de nuevo otra guerra civil) de los años 50, en pleno siglo XX. Parodiando a Eric Hobsbawm, la guerra que usted narra nunca se detuvo sino que fue una guerra larga, con un intermedio que permitió el rearme y unos odios enfermos y peores. Yno sé qué pueda ser ahora, querido General Lucas Caballero. La guerra sigue en el campo, la selva y las ciudades, no ya con la intensidad de la batalla de Palonegro (que duró 15 días con sus noches y terminó siendo un sembrado de sangre), sino en pequeños hechos que parecieran no definir nada pero, por ley de caos, se unen y generan una gran confusión. Y es que hay algo peor que la guerra y es el estado de alerta, que en lugar de seguridad crea todo tipo de enfermedades mentales, polarizaciones, imaginarios atroces y una intolerancia terrible que destruye cualquier posibilidad de equilibrio. En la película Bura Bura, la espera en Bosnia crea lo que después se manifestó en las atrocidades de la guerra de los Balcanes. Es que imaginar lo terrible que puede pasar despoja al hombre de toda humanidad.
Lucas Caballero, General de los ejércitos de Rafael Uribe Uribe, en la guerra de los mil días. Escribió sus memorias en 1938, en un momento en que se hablaba de paz. Pero antes que tratado de historia lo que escribió fue más una especie de profecía. Yesto es lo asustador
| Por |José Guillermo Ánjel R. |
domingo, 16 de enero de 2011
martes, 11 de enero de 2011
¿O debo de decir: ayer?
Hoy después de hablar con vos. Empecé a replantear algunas ideas que tenia como ciertas, algunas injustas primeras impresiones. Ya han pasado muchas horas desde que te despediste desde que dijiste “fue un placer”.
torpemente creí que me iba ir a la cama y me iba a dormir, después de escuchar unas cuantas horas la radio (como siempre lo hago)¡pero no! son casi la tres de la madrugada y mi mente no muestra la mas mínima intención de quedarse dormida. Casi que sin pedir permiso mi cerebro empieza a fabricar, a crear enormes y extensísimos monólogos de conversaciones que vamos a tener. Es algo como así: si ella me dice esto yo le pregunto esto, yo le cuento esto o le hablo de esto o le puede recomendar esto.(me gustaría sabercientíficamente que me esta pasando neuralmente).
Trato de pensar en otra cosa ,trato de convencerme de no seguir mas con esto, pero es inútil, cuando me doy cuenta ya llevo otros veinte minutos de una conversación que va a tener lugar en una próxima vez.
(ya hasta me dio hambre)
torpemente creí que me iba ir a la cama y me iba a dormir, después de escuchar unas cuantas horas la radio (como siempre lo hago)¡pero no! son casi la tres de la madrugada y mi mente no muestra la mas mínima intención de quedarse dormida. Casi que sin pedir permiso mi cerebro empieza a fabricar, a crear enormes y extensísimos monólogos de conversaciones que vamos a tener. Es algo como así: si ella me dice esto yo le pregunto esto, yo le cuento esto o le hablo de esto o le puede recomendar esto.(me gustaría saber
Trato de pensar en otra cosa ,trato de convencerme de no seguir mas con esto, pero es inútil, cuando me doy cuenta ya llevo otros veinte minutos de una conversación que va a tener lugar en una próxima vez.
(ya hasta me dio hambre)
sábado, 8 de enero de 2011
A Gfeller
Querido y releído Nicolas, de usted sólo conozco un libro, de esos que caben en el bolsillo y que por lo pequeño se puede releer en cualquier lugar. O sea que es un libro que no hace alardes ni impresiona al que lo ve leer. Le hablo de su Kleine Geschichte der Ethik(Pequeña historia de la ética). O sea que el título hace relación con el tamaño del libro, pero no con su contenido. Supongo que los editores, creando una metáfora táctil y visual, quisieron dar a entender que en lo más pequeño está el inicio del comportamiento humano civilizado que, en términos de Hobbes y de Spinoza se reduce a dar seguridad al otro. Y no como una coraza de hierro que evita heridas sino en calidad de confiabilidad en las relaciones.
Este pequeño texto, que plantea los conceptos que ha elaborado el hombre para no agredirse, desde Buda hasta Ernst Bloch, no es un compuesto de frases sino de razones para vivir en términos de confianza y no de agresiones. Y esas razones comienzan con la historia y se desarrollan en la medida en que la política cuida verdaderamente del otro permitiéndole espacios de dignidad, o sea de reconocimiento a lo bueno que se hace y construye. Claro que este libro, en estos calores del trópico, sería algo subversivo ya que denunciaría lo que hacemos y la indignidad con la que se enfrenta al otro. En términos éticos, la discusión inteligente crece y las artimañas pudren.
No sé qué pasa, querido Nicolas Gfeller (conocido también como Niklaus Flüeler), para que en lugar de admitir destruyamos. Es como si la razón fuera, ahora, sí posmoderna: sin razón, lo que nos queda es un estado primitivo en el que ya ni los mandamientos que le dieron a Noé funcionan. Terrible.
| Por |José Guillermo Ánjel R. |
jueves, 6 de enero de 2011
Sin titulo
Hoy que me entregaba dedicadamente a organizar; papeles, folletos, libros donde he aprendido ingles, enciclopedias, examenes, etc, etc. sorpresivamente me encontré con una nota en una hoja,ya con manchas amarillas me atrevería a decir que lleva unos 4 o 5 años después de su uso. pero bueno lo importante no es el deplorable estado de la hoja si no lo que está escrito en ella. Inconfundiblemente es mi letra pero no recuerdo con exactitud cuando la escribí, o si la oí ,si la leí, o si fue invención mía(muy poco probable).Esta nota dice:
“y levante (¿o cerré?) el libro en ese instante ,como si yo mismo quisiera saber en ese instante si algo así me ocurrió alguna vez en el pasado remoto, o en el presente ,si alguna vez fui verdaderamente feliz ,si lo soy si lo fui entonces,Si aun lo seré"
“y levante (¿o cerré?) el libro en ese instante ,como si yo mismo quisiera saber en ese instante si algo así me ocurrió alguna vez en el pasado remoto, o en el presente ,si alguna vez fui verdaderamente feliz ,si lo soy si lo fui entonces,Si aun lo seré"
domingo, 2 de enero de 2011
sábado, 1 de enero de 2011
El Jugador
"Es posible que al pasar por tantas sensaciones, el espíritu, lejos de rendirse, se excite más aún, y exija sensaciones cada vez más fuertes, hasta su definitiva inercia."
|Dostoievski|el jugador|
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