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jueves, 8 de noviembre de 2012

A Abdolah

Querido, leído y recién conocido (como autor recomendado), Kader. Encontrar un buen libro en estos tiempos de tanta basura editorial, es como encontrar una perla en la boca de una marmota (piedra y animal escasos).

Y su libro, El reflejo de las palabras , es excepcional, una de esas piezas raras que cada tanto llega y corre casi que de manera subversiva, pues carece de marketing y no ampara ningún interés particular. Por eso supe de usted a través de una recomendación que me hizo alguien a la que solo le gustan las cosas bellas (lo que incluye espacios, momentos y relaciones) y por ello evita lo grotesco, lo morboso y la mentira.

Todavía hay gente así y esto es una suerte. Hay mucho territorio seguro para estas personas. Y sí, leí su libro, me asombré y aprendí de cosas que no sabía: que puede existir un hombre que no entiende el tiempo, que lo mejor para resistir los totalitarismos es darse a los asuntos de la casa, que la vida es simple.

El personaje de su libro es el padre. Y si bien en los últimos días algunos escritores han hablado de sus padres (Reinaldo Spitaletta en El sol negro de papá ; Héctor Abad en El olvido que seremos ), en usted esa figura es otra: es un padre sordomudo que escribe en caracteres cuneiformes, que sabe de efectos pero no de causas y que asume el vivir por lo más elemental (el momento o, en términos de Fernando González, las presencias).

Y con el que se debe hablar por señas mientras la historia de Irán va de Reza Kan el modernizador hasta Jomeini, que muere luego de ponerse un manto negro. Y en esta historia de totalitarismos, persecuciones, gente amparada en la presencia de D's y desaparecidos, la vida fluye de la manera más simple: rezos, paisajes, el horno de pan.

Es claro que en el mundo pasan cosas y esto que sucede es más atroz debido al lenguaje con el que se nombran y definen, que cuando no esconde deforma. Con la destrucción del lenguaje comienza el fin de los tiempos, decía Karl Kraus en Die Fackel (la antorcha). La función del lenguaje es nombrar debidamente la cosa nombrada, definirla, unirla a otras cosas. Pero esto hoy no pasa.

Por eso me gusta su padre sordomudo, Kader Abdolah, porque a él no le llegó la deformación del lenguaje, el caos de las contradicciones, las palabras que escondían otras.

A este hombre, que se nombraba Akbar, hubo que hablarle por señas, mientras él miraba a la boca y a los ojos. Y fue imposible mentirle. Quizá esta sea la metáfora de su libro: no más palabras. Gestos.

Kader Abdolah (su nombre real es Hossein Sadjadi Ghaemmadami Farahani) es físico de la universidad de Teherán y en la actualidad vive, en calidad de exilado, en Holanda; en un pólder. La física lo llevó al lenguaje poético y de aquí a la vida como deber ser; exacta. Huyó del totalitarismo y de los dioses políticos 

| Por |José Guillermo Ánjel R. |

martes, 25 de enero de 2011

A Schmitt

Querido y divertido Eric- Emmanuel, el año pasado, en estado de urgencia emocional (la lectura nos termina salvando de todo), leí una obra de teatro suya titulada Pequeños crímenes conyugales. La historia es simple: un hombre pierde la memoria en un accidente y regresa a casa donde, a pesar de lo que ve y siente, no logra saber quién es. Así que su mujer es la encargada de reeducarlo para que vuelva a recuperar su estado de realidad. El juego es interesante: la mujer tratará de crearle una historia de acuerdo con sus intereses.  Y él tratará de ajustarse a esos intereses, haciéndose muchas preguntas. Tantas que finalmente descubre que no ha perdido la memoria sino que busca saber cómo quiere su mujer que sea él, lo que lleva a una serie de encuentros de todo tipo (buenos y malos), ya que la realidad no es un deseo sino un estado invariable en el que las situaciones se dan como son y no como queremos que sean. Total, en la comedia, salen a flote las miserias que escondemos. La comedia, para los griegos, es una burla a los errores que cometemos, en especial el Estado que pierde la noción de lo real cuando se rodea de mentiras e ilusiones. Ya através de esa burla (de un tercero que ve sin tomar partido) podríamos corregir el error. Claro que la comedia no se compromete con la cura del error persistente y menos con la mentira que busca ser verdad y se defiende argumentando de manera cada vez más risible. En otras palabras, la comedia no cura la mala comedia. Yen este punto, Eric Emmanuel, nos situamos en estas tierras de la pérdida permanente de memoria, memoria que realmente no se ha perdido sino que cada vez es más ignorante. Si la memoria se miente a sí misma, como la anciana que se ve hermosa cubriéndose las arrugas con las manos, ya es fatal. Los pequeños crímenes conyugales son esas acciones simples y desnudas, que nos evidencian cada tanto, así tratemos de guardar las apariencias o de mentir descaradamente para que la verdad no se manifieste. El problema es que, como las burbujas dentro del agua, siempre salen a flote. Nada queda en silencio, nada que contenga gas se hunde, todo finalmente se sabe y, querido Eric-Emmanuel Schmitt, el ridículo se toma la palestra, cuando no es la justicia la que actúa. La farsa de hoy es el juicio de mañana, así la memoria esté enferma. Y no es una profecía decir que lo de hoy será visto más grande mañana. La historia, como los microscopios electrónicos, mostrará fisuras, plagas, deformidades, puntos mal unidos, etc. Y no valdrá de nada lo que se diga: la construcción estará presente. Eric-Emmanuel Schmitt, filósofo, novelista y dramaturgo. Nació en Lyon (Francia) en 1960 y su especialidad es la literatura amable sobre lo terrible. Y lo terrible no es una gran tragedia sino la suma de pequeños errores cotidianos que finalmente hacen metástasis. Basta leer La Marcha Radetzky de Joseph Roth.  



| Por |José Guillermo Ánjel R. |

lunes, 17 de enero de 2011

A Caballero

Querido y ahora reconocido General Lucas, esta semana he leído sus Memorias de la guerra de los mil días. Y si bien a los perdedores (usted hacía parte del bando liberal) hay que creerles poco por aquello de que escriben más novelas que historia, lo cierto es que en su documento hay datos serios sobre el desorden que alimenta nuestro país, siempre en guerra. No creo que haya una generación que desde la conquista haya tenido noción de una paz completa. Ataques, saqueos, violaciones, corrupción, desplazamientos, magnicidios, se esconden bajo ese lema ideal de Libertad y Orden, palabras éstas que no hemos podido entender todavía. Y no porque sean complejas sino debido a la falta de una voluntad política que cree una idea concreta de país. En otras palabras, no hemos tenido patria, si entendemos por patria aquel lugar donde yo me siento seguro porque hay bien y futuro. Su libro, respetado General, habla de los ejércitos liberales enfrentados a los ejércitos conservadores, en una guerra civil iracunda en  la que las armas brotaron de la nada, así como brotan los tiples cuando hay fiesta (esta última frase es de la introducción), al igual que los capitales que sostuvieron la contienda. Ya se sabe que las guerras tienen que ver más con economías que con ideas y, como pasa, las ideologías finalmente se convierten en conveniencias. Y esa guerra de los mil días, que ganaron los conservadores, sólo fue el preámbulo a la violencia (de nuevo otra guerra civil) de los años 50, en pleno siglo XX. Parodiando a Eric Hobsbawm, la guerra que usted narra nunca se detuvo sino que fue una guerra larga, con un intermedio que permitió el rearme y unos odios enfermos y peores. Yno sé qué pueda ser ahora, querido General Lucas Caballero. La guerra sigue en el campo, la selva y las ciudades, no ya con la intensidad de la batalla de Palonegro (que duró 15 días con sus noches y terminó siendo un sembrado de sangre), sino en pequeños hechos que parecieran no definir nada pero, por ley de caos, se unen y generan una gran confusión. Y es que hay algo peor que la guerra y es el estado de alerta, que en lugar de seguridad crea todo tipo de enfermedades mentales, polarizaciones, imaginarios atroces y una intolerancia terrible que destruye cualquier posibilidad de equilibrio. En la película Bura Bura, la espera en Bosnia crea lo que después se manifestó en las atrocidades de la guerra de los Balcanes. Es que imaginar lo terrible que puede pasar despoja al hombre de toda humanidad.
Lucas Caballero, General de los ejércitos de Rafael Uribe Uribe, en la guerra de los mil días. Escribió sus memorias en 1938, en un momento en que se hablaba de paz. Pero antes que tratado de historia lo que escribió fue más una especie de profecía. Yesto es lo asustador

| Por |José Guillermo Ánjel R. |

sábado, 8 de enero de 2011

A Gfeller


Querido y releído Nicolas, de usted sólo conozco un libro, de esos que caben en el bolsillo y que por lo pequeño se puede releer en cualquier lugar. O sea que es un libro que no hace alardes ni impresiona al que lo ve leer. Le hablo de su Kleine Geschichte der Ethik(Pequeña historia de la ética). O sea que el título hace relación con el tamaño del libro, pero no con su contenido. Supongo que los editores, creando una metáfora táctil y visual, quisieron dar a entender que en lo más pequeño está el inicio del comportamiento humano civilizado que, en términos de Hobbes y de Spinoza se reduce a dar seguridad al otro. Y no como una coraza de hierro que evita heridas sino en calidad de confiabilidad en las relaciones. 

Este pequeño texto, que plantea los conceptos que ha elaborado el hombre para no agredirse, desde Buda hasta Ernst Bloch, no es un compuesto de frases sino de razones para vivir en términos de confianza y no de agresiones. Y esas razones comienzan con la historia y se desarrollan en la medida en que la política cuida verdaderamente del otro permitiéndole espacios de dignidad, o sea de reconocimiento a lo bueno que se hace y construye. Claro que este libro, en estos calores del trópico, sería algo subversivo ya que denunciaría lo que hacemos y la indignidad con la que se enfrenta al otro. En términos éticos, la discusión inteligente crece y las artimañas pudren.

 No sé qué pasa, querido Nicolas Gfeller (conocido también como Niklaus Flüeler), para que en lugar de admitir destruyamos. Es como si la razón fuera, ahora, sí posmoderna: sin razón, lo que nos queda es un estado primitivo en el que ya ni los mandamientos que le dieron a Noé funcionan. Terrible.


| Por |José Guillermo Ánjel R. |

jueves, 30 de diciembre de 2010

A Voltaire

Algunas veces releído y no sé si querido Francois Marie Arouet, alías Voltaire. Y digo que usted es difícil de querer debido a su antisemitismo rabioso, pero al mismo tiempo seduce por su cinismo y por esa vida (la suya) que se mantuvo más en el caos que en la quietud, lo que me lleva a pensar que usted se adelantó a su tiempo. Hoy el cinismo y el desorden hacen parte del contexto en el que nos movemos, en el que el individuo se ha perdido como persona y lo que se mueve es una masa informe que rabia buscando emociones fuertes, anonimato y un ejercicio violento del estado de naturaleza (egoísmo). Decía Karl Popper, la masa no es la voz de D’s sino la de la multitud delirante que, amparada en el anonimato, saca a flote su soledad (en términos freudianos se encuentra mal en la cultura) y chilla. Pero cada miembro de esa masa, a solas, es incapaz de argumentar lo que gritó en grupo. Pero, amigo y enemigo Voltaire, no voy a hacer ningún análisis de sus creencias, ideas filosóficas o pataletas. Allá usted con lo que vivió, pensó y dañó su sistema orgánico. Lo que me interesa  es lo que Curzio Malaparte, en un libro de cuentos titulado Sodoma y Gomorra, escribe sobre su actitud volteriana frente a dos ángeles (vestidos de soldados ingleses y bien armados), y una turba enfurecida. En el relato (que por el contexto debe darse en 1920-30), Malaparte narra que usted conduce un coche Ford (Henry Ford fue el antisemita más rabioso que produjo Norteamérica) y se dirige a Sodoma y Gomorra para ver qué quedó de estas dos ciudades castigadas por sus iniquidades. A su lado, montando un caballo, va el autor del cuento. Hasta ese punto, todo parece una escena de película. De Sodoma y Gomorra, para ese momento del siglo XX (a más de dos mil años de la huida de Lot y sus hijas), queda un montículo de sal que representaría a la mujer de Lot y un grupo de individuos rabiosos y nerviosos. Como antes de su llegada (Voltaire) esos hombres han cometido asesinatos y todo lo que ven lo definen con el nombre del enemigo, la aparición de Malaparte y usted (que se ha salido de su época original), exalta a la turba. Y los dos ángeles (representados por Inglaterra) no pueden sino pedirles que huyan, que Sodoma y Gomorra es tierra que hierve y allí nadie ha leído a Voltaire ni les interesa. Así que, como en el relato bíblico, deben huir sin mirar atrás. Pero usted Voltaire mira lo que le había sido prohibido y queda convertido en estatua. Y su cinismo queda enfrente al fanatismo colectivo. Yno sé si tragado por esamasa extendible. Francois Marie Arouet, Voltaire (París 1694-1778). En sus escritos filosofa sobre la tolerancia, pero en su vida no la practicó. En el cuento de Curzio Malaparte (Sodoma y Gomorra), Voltaire se convierte en el nuevo símbolo. Convertido en estatua, detrás ruge la turba.


| Por |José Guillermo Ánjel R. |

 

sábado, 27 de noviembre de 2010

A Wikström

Apenas reconocido y leído Owe. Mi mamá decía que de la carrera no quedaba sino el cansancio, lo que le permitió vivir más de ochenta años . Y ahora es usted, querido amigo, el que propone una teoría parecida en su libro El elogio de la lentitud. Vale de poco correr y desgastarse con agendas que han convertido el tiempo en segundos, en ir de un lugar al otro y terminar en veremos, como si se hubiera pasado el día pedaleando en una bicicleta estática, de esas que no llegan a ninguna parte. Los promotores de la velocidad, la producción en serie (y delirante) de pequeñas cosas y la cantaleta del trabajo continuado y sin respiros, han impuesto una manera de vivir igual que los hámsters (que no paran de girar en la jaula) y la de drogarse con slogans. Con razón tanta tristeza. Si el hombre se hubiera diseñado para correr, seguiría caminando sobre cuatro extremidades, lo que le daría más fuerza para impulsarse (como los chimpancés). Pero no, al desarrollar inteligencia se paró en las dos piernas y decidió ser un animal lento, en disposición de moverse viendo lo que había a su alrededor. También desarrolló una boca chiquita para darse gusto comiendo. Y hasta el siglo XIX, escribió de manera extensa porque la lentitud lo había llevado a descubrir detalles (en el paisaje y en la gente), a entender el sentido de las palabras y a valorar las cosas que tenía. Y como llegó al estadio de lo burgués, educó los sentidos para entender la belleza, gustar lo mejor de una comida y una bebida, oír la buena música y tener espacios de imaginación que no fueran obsesiones. Pero en esas sociedades de hombres gordos y satisfechos, querido Owe Wikström, de repente entró la velocidad, el trabajo sin descanso (el workoholismo), las mil actividades en un mismo punto y los sustos continuados. Y hoy, en lugar de detenernos, para determinar si lo hacemos bien (la reflexión en un índice de inteligencia), nos desbocamos como una manada de bisontes huyendo de una pradera incendiada y ahí estamos, no como la puerta de Alcalá (que sigue quieta y visitada) sino despeñándonos en nombre de una productividad exagerada que no ha dado más resultados que la destrucción de la tierra y de la poca humanidad que queda. Es que en esta carrera no se ve nada ni se llega a la meta y, lo peor, cada vez sabemos menos. Si un extraterrestre nos viera en este tráfago, se preguntaría: ¿de qué huyen? Owe Wikström, es profesor de psicología en la universidad de Upsala, en Suecia. Como escribe sobre religión, ha llegado a la conclusión de que ya nadie ve a D’s ni al otro debido a las carreras. Y que vivir corriendo no vale la pena. Lo saben hasta los caballos del hipódromo



| Por |José Guillermo Ánjel R. |

sábado, 30 de octubre de 2010

A Lichtenberg

Querido Georg Christoph, de usted dijo Friedrich Nietzsche que era uno de los pocos autores que valía la pena releer. Y si bien esta sería una mala recomendación (ya se sabe que Nietzsche en muchas partes es un purgante), no estuvo equivocado. Sus cuadernos, marcados misteriosamente (A, KA) y escritos sin más pretensiones que llenarlos, encierran una serie de provocaciones de todo tipo, desde matemáticas y físicas hasta filosóficas y eróticas, sin que falte el humor y el absurdo, elementos tan necesarios en estas épocas de burbujas tóxicas ypropuestas envenenadas. Es importante que la razón se burle de las razones del mercado y, en especial, del razonero instrumental en que terminó el proyecto ilustrado (a Kant lo tendrían haciendo jabones detergentes en este momento), hoy convertido en herramienta para medir bajones y velocidades. De usted se sabe, a veces neurótico Georg Christoph, que era pequeño, jorobado, flaco e hipocondriaco.  Así que en tamaño (cosa extraña porque según la propaganda los alemanes deberían ser todos grandes y derechos), se pareció a Kant y a Heidegger (este último parecía un gnomo o duende y como tal se comportó) y un poco a Goethe, que tampoco fue muy alto. Y haciéndole juego al tamaño, escribió aforismos e historias cortas, muy incisivas: no le apetecía nada, pero comía de todo, por ejemplo. O, toda nuestra historia no es más que la historia del hombre despierto; en la historia del hombre dormido aún no ha pensado nadie. O, me gustaría ser rey para, con mis escasos talentos, llamarme L… el grande. Una de las enfermedades modernas es la soberbia, que nace de copiar y decir ideas ajenas brillantes y de expresar ideas propias tontas. Claro que según usted, Georg Christoph Lichtenberg, esto ha sucedido desde siempre, lo que indica que hay una propensión constante a parecer algo sin lograr serlo en realidad, como pasa con la globalización, eso que llamaron calidad total y la inversión creciente en los países donde la corrupción es tanta que ya ni D’s existe. O sea que la soberbia es más una enfermedad estomacal controlada con las caras serias que requiere la situación. Y ahí vamos, por un mundo de gestos y palabrería que no se concreta, repleto de bajas de bolsas y economistas que actúan como los hechiceros de los tiempos precolombinos. Y bueno… Georg Christoph Lichtenberg, matemático y profesor de física alemán. Nació y murió en Göttingen (Gotinga), en el siglo XVII. De él recuerdo una estatua sedente en el patio de la Facultad de Matemáticas de la universidad de Göttingen. Chiquita, fría y de bronce. 

| Por |José Guillermo Ánjel R. |

martes, 26 de octubre de 2010

A Roth

Reído, leído y controvertido Philip. Para evitar el lavado cerebral tele-mediático, esa realidad fragmentada que quieren dar como la única posible y para ello la repiten de manera delirante, me he dado a la tarea (protestando contra ese ruido que invade mi intimidad) de escuchar a Arthur Rubinstein (ese pianista maravilloso) y de leerlo a usted. Es una cuestión no sólo de dignidad sino de inteligencia práctica (lo que Aristóteles llama frónesis). Y un acto de resistencia, como lo aconseja Michel Foucault. El resultado es simple: logro un hábitat donde sé dónde estoy y quién soy. Y, a partir de ahí, ejerzo las pequeñas libertades de estar en la vida y escoger qué creo, qué me gusta y qué como. Y si bien esto no da dinero ni me sitúa socialmente en ningún lugar importante (si es que queda alguno que moralmente tenga algún valor), logro hacer la digestión sin angustias y duermo profundo. Y, querido Philip, no me aíslo del mundo (como su personaje, Zuckerman, tan preocupado por la próstata) sino de las ideas fijas que   andan por ahí  clonándose mientras los alimentos suben sin control y los aguaceros hacen daños debido a la falta de planeación y orden. Huyo de la palabrería desmesurada y de la imaginería que burla la estética de lo sagrado. Yme parece, como en su novela La conjura contra América, que algo se mueve enrarecido creando un enorme malestar que afecta lo social, lo económico y la poca civilización alcanzada, incluyendo la arquitectura. Ya usted había denunciado algo así (lo enrarecido) en esa crónica política y humorística que llamó La pandilla, que fue un jab de izquierda contra ese extraño planeta Nixon, en el que también habitaron la hipnosis y la brujería. Es evidente que, para las cosas que pasan y la falta de análisis que se acredita, uno vaya desarrollando alguna forma de paranoia. Y como esta enfermedad se manifiesta viendo enemigos donde no están, persecutores que aparecen y desaparecen, en fin, creando sobresaltos (como en sus novelas Mi vida como hombre, Cuando ella era buena o El lamento de Portnoy), la mejor opción, Philip Roth, es crearse un pequeño mundo de cosas conocidas y agradables y moverse por él haciendo un inventario permanente para que lo bueno no desaparezca o sea cambiado por alguna esquizofrenia, como parece que es la intención. Y como digo, no huyo de la realidad sino de esa realidad fragmentada que martillan como si fuera un spot publicitario. Quizás esté equivocado, pero es cosa de digestión.
 Philip Roth, escritor norteamericano (Newark, New Jersey, 1933), se inicia con una novela corta y cinco relatos, Goodbye, Colombus). Yde ahí en adelante no para de contar la vida. Es propenso al premio Nobel y a que lo odien por todas partes. 

| Por |José Guillermo Ánjel R. |

lunes, 27 de septiembre de 2010

A Zalamea Borda


Querido, leído y escuchado Jorge, vivimos tiempos de audiencias, de creyentes alucinados, de deseos desmesurados, de gentes que asisten a las escalinatas (auditorio al sol y al agua, propicio para distintos virus) que no miran al río (donde la vida fluye)  sino que dan la espalda al agua, al brillo y al curso del  torrente. Gente del común, sistematizada, competitiva  (alguna), encerrada en bases de datos y acosada por las deudas, el estar mal y los sueños en una esperanza que se aleja y cada vez frustra más (como toda esperanza, como todo deseo en lograr hacer algo sin construir Nada). Y en esas escalinatas, donde usted sitúa el sueño (el de los avisos, el de los predicadores entusiasmados, el de la miasma), se reúnen los pestilentes, los que no han crecido, los que lo han dejado todo, los que se asolean a falta de quien los quiera, los que no han comido, los que viven en vinagre. En sus dos poemas, Jorge, El gran Burundú Burundá ha muerto y en El sueño de las escalinatas, las audiencias crecen (lo que hoy llaman el rating) y las mezclas más inverosímiles se unen para crear toda clase de absurdos y de credulidades. Es como si lo construido hasta ahora (lo que aún puede llamarse civilización) ya no tuviera el efecto de permitir vivir con dignidad sino de destruir. Porque las audiencias se logran con destrucciones (de las costumbres, de los principios), con la puesta al día de lo morboso, con la exhibición de lo peor (basta  ver algunos programas de televisión o escuchar muchos de radio) y la creación de mundos superfluos en los que las personas son cosas, meros objetos de uso, referencias de zonas de tolerancia y estado de naturaleza (egoísmos desbordados). Pero, querido Jorge Zalamea Borda, crece la audiencia. Y en nombre de las audiencias (en lograrlas a como dé lugar, para ello no hay argumento sino técnicas de marketing y propaganda), se toman decisiones (conveniencias) que atentan contra la verdad adquirida (al menos la lograda), contra los consensos y la historia, contra los principios básicos y los valores más simples. Porque la audiencia, como la suya en las escalinatas y de espaldas al río, hay que alimentarla con lo deforme y lo inaudito, con lo que huele a podrido y lo que alucina, como pasa con
Las orquestas en las películas de Emir Kustirica. Crece la audiencia con ruido, con mentiras, con contradicciones. Y la amplitud de conciencia (lo que sería el conocimiento) se hunde por un caño. Y frente al caño, se reúne la audiencia. La reúnen.
Jorge Zalamea Borda, nació en Bogotá en 1905 y murió en 1969. Poeta, ensayista y político. 

| Por |José Guillermo Ánjel R. |

lunes, 20 de septiembre de 2010

A Ruiz Gómez

Querido Darío (lo de leído y hablado se da por supuesto).  hubo un cuento suyo que Me maravilló: Grandes superficies,  esos espacios que según Zigmunt Baumann son el símbolo de la modernidad líquida, en la que todo se manifiesta en espacios de soledad, anonimato y consumo  Delirante, significado en auto-goce, la condición más denigrante de la exclusión. En las grandes superficies (que son los almacenes de cadena o los centros comerciales), la anomia es una característica  fundamental.  Hay mucha gente allí, pero nadie se conoce y toda relación está mediada por el consumo: pedidos, cajas registradoras, gente que camina sin verse ni tocarse, como en La invención de Morel, ese libro holográmico de Adolfo Bioy Casares. Pero su cuento no se trata de comprar y pagar. En Grandes superficies, usted plantea una epopeya urbana (lo único posible para salvar la literatura moderna), ejecutada por hombres y mujeres ancianos. Y es que los viejos son los únicos que están en capacidad de realizar una aventura, pues tienen referencia de un mundo que ya no existe y están asumiendo uno que los desborda. Los demás (los niños Y los adultos) están demasiado ocupados para darse cuenta de que el mundo, como en los días de Odiseo o de Simbad, es un espacio para descubrir y burlar. Los críos y los de la segunda Edad, habitan las máquinas y hacen lo que ellas les piden. Sólo los de la tercera edad, libres ya de cualquier  posibilidad de esclavitud (a menos que sean alcohólicos o pertenezcan a algún grupo De fanáticos), tienen la opción de lo epopéyico: la superación de la realidad. Usted, buen Darío (Ruiz Gómez), ha creado un mundo en el que los viejos son los únicos que le dan un sentido Nuevo (aventurero) a la vida, no filosofando sino habitando las grandes superficies por donde marcha, pendiente del teléfono celular,  la muchedumbre solitaria. O sea que los viejos viven otras Posibilidades de la experiencia, sea burlando guardias o comiendo varias veces de las degustaciones o leyendo revistas al escondido o simplemente  mirando o durmiéndose en los asientos. Como  la ciudad les niega todo (excepto guardarlos o ponerlos a jugar como niños), los viejos se dan al reconocimiento de los nuevos paisajes y lugares  de tránsito en los que poder aventurarse hasta perder la noción de realidad que los excluye y lograr al fin entrar en otra de la que no vuelven. Un cuento maestro, Darío. 
 Darío Ruiz Gómez. Escritor, ensayista y crítico antioqueño. 

 | Tomado de un textode ||Memo Anjel|

martes, 7 de septiembre de 2010

A KUZMANICH

Querido y siempre bien recordado Dunav. Hay días en que sólo nos salva el cine, en especial cuando los asuntosse tornan absurdos o se pierdela memoria de lo básico(como cuando la gente cree que el dinero se duplica por sí solo, lo que ya es un caso crítico de estulticia y de codicia delirante). Y como es claro que vivimos en países de bajo contenido moral y deseos esquizofrénicos (de realidad corta y obsesiva), no queda más que el buen cine(el independiente) para almenos burlar las condicionesque nos plantea el medio.charlas profundas. de contar una historia y saberse inteligente leyendo la realidad. .La inteligencia, recordadoDunav Kuzmanich, no es saber y decir cosas. Es algo más simple y práctico: hacerlas.
Alguien es inteligente cuando convierte lo quepiensa en una evidencia tangible.No es un asunto de palabrería. Bueno,me he dado de nuevo al cine y lo he recordado a usted, teniéndolo en el corazón. Y si la situación sigue como va (desbordada),el antídoto es la nouvelle vague francaise.
Dunav Kuzmanich (nacióen Chile y murió en Colombia).Quizá lo mató el cigarrillo,que es el chivo emisariode la polución ambienteque pudre a Medellín.Fue un maestro. Una de sus películas fue Canaguaro.Y un guión, el deCóndores no entierran todoslos días.
 


 

|Por | Memo Anjel|


jueves, 26 de agosto de 2010

A Tagore

En estos días releyendo los recortes de periódico que cuidadosamente he guardo, me encuentre (nuevamente) con esta columna que hace el profesor memo ángel en el colombiano. Y no dude en contactarlo y pedirle permiso para publicar esta nota (del 2007) en este blog. Espero que les haya hecho reflexionar tanto como a mí.
 
Querido releído y sentido rabindranaz he vuelto a leer algunos de sus textos y el mundo ,por un momento ha cambiado y se ha vuelto hermoso .o sea que se ha producido la magia de lenguaje en la que las cosas son según el nombre y adjetivo que se les asigne para ser entendidas .ya que sabemos que nombrar es un acto de creación .así si se usan palabras bellas para determinar algo ese algo necesariamente es bello .pero sí en cambio las palabras son dolorosas y burdas ,lo que nombramos es terrible y caótico lo que es peor ,si en esas palabras se utiliza la maldición y el deseo de matar , la maldición se cumple y la muerte cunde .y no por un acto de hechicería sino porque basta pensar algo para que eso pensado comience a existir y a rondar por ahí.

En la modernidad (o posmodernidad como se quiera), la mayoría de la gente ha perdido palabras y especialmente palabras hermosas. Basta oír la radio y mirar la tele o asistir a una reunión informal para darse cuenta de que se habla cada vez de manera más primitiva .es como si los diccionarios se hubieran encogido y lo nombrado se redujera a problemas de la cintura para abajo (claro que también un poco más arriba ).como en los tiempos de las cavernas , el mundo se ha reducido al cuerpo y al miedo que en este anida .y cuando solo se tiene cuerpo para nombrar es porque lo que hay por fuera se ha convertido en enemigo ,en una máscara que gruñe y muerde.

Las palabras amado rabindranaz Tagore, son nuestra fortuna o nuestra desgracia .como bien usted dice, se puede convertir en libertad o en esclavitud, en joyas o en carbones calientes. Y según hablemos y de lo que hablemos, aparecen los paisajes iluminados (la alegría) o los abismos oscuros (la tristeza).esto quiere decir que somos en lo nombrado que lo que nos rodea será un espacio abierto o un circulo de diablos según las palabras que utilicemos ya que todo lo que se dice implica un acción y un sentido .así algo tan común a todos como es la palabra nos proporciona dicha o el pesar sus palabras rabindranaz son bella y todo es como agua fresca. Gracias

(Resaltado en negrilla y cursiva para este post)



|Por | Memo Anjel|


lunes, 23 de agosto de 2010

Emotividad

Sería imposible no escribir  en este momento de emotividad. pienso que hasta de una forma inmerecida Uds  Siempre son  tan generosos, y  muchas veces me han subido el ánimo. Recuerdo tantas cosas. Como cuando me han acompañado a caminar (aunque a veces no compartan esa afinidad que tengo y ese disfrute que es una buena caminada), esas salidas a tomarnos un coctelito (por qué no me gusta la cerveza ni el aguardiente, Y a veces hasta me dejan convencerlos de comprar un delicioso bailys. bueno aunque yo también hice una excepción una vez de tomar mosquetel ).Recuerdo con mucho agrado esa tarde en crepes donde nos demoramos tanto en ordenar algo je je,tambien cuando hemos ido a visitar algún amigo y me han hecho sentir que se sienten bien conmigo que nos divertimos aunque en ese momento alguno no se puede reír (por que está recién operada),cuando en UN tono serio no me han dejado otra opción de aceptar la invitación a pasar una tarde de almuerzo y película. También recuerdo a esa que cuando me tuso me “molesta” la cabeza, a esos que graciosa y sinceramente me dicen que no me quieren solo por que les ayudo con los talleres, a esos que exageradamente me dicen que puedo cambiar al mundo pero que me faltan un poquito más de ganas (palabras exageradas pero que salen en momentos de euforia).Aquí no cabria la frase de que no los menciono a todos por que correría el riesgo olvidar a algún, ya que los puedo contar con los dedos de la mano.
 siempre es bueno escuchar esas palabras llenas de honestidad las cuales solo pueden tener un efecto y es hacerme cada día mejor persona. Pero cuando caemos en el sucio juego de la rutina dejo pasar por alto todos estos momentos. Solo queda entonces vivir muchos más momentos hermosos (pero esta vez no para reemplazar los anteriores).



Para no caer en odiosas frases de cajón termino diciendo: infinitas gracias.