lunes, 20 de septiembre de 2010

A Ruiz Gómez

Querido Darío (lo de leído y hablado se da por supuesto).  hubo un cuento suyo que Me maravilló: Grandes superficies,  esos espacios que según Zigmunt Baumann son el símbolo de la modernidad líquida, en la que todo se manifiesta en espacios de soledad, anonimato y consumo  Delirante, significado en auto-goce, la condición más denigrante de la exclusión. En las grandes superficies (que son los almacenes de cadena o los centros comerciales), la anomia es una característica  fundamental.  Hay mucha gente allí, pero nadie se conoce y toda relación está mediada por el consumo: pedidos, cajas registradoras, gente que camina sin verse ni tocarse, como en La invención de Morel, ese libro holográmico de Adolfo Bioy Casares. Pero su cuento no se trata de comprar y pagar. En Grandes superficies, usted plantea una epopeya urbana (lo único posible para salvar la literatura moderna), ejecutada por hombres y mujeres ancianos. Y es que los viejos son los únicos que están en capacidad de realizar una aventura, pues tienen referencia de un mundo que ya no existe y están asumiendo uno que los desborda. Los demás (los niños Y los adultos) están demasiado ocupados para darse cuenta de que el mundo, como en los días de Odiseo o de Simbad, es un espacio para descubrir y burlar. Los críos y los de la segunda Edad, habitan las máquinas y hacen lo que ellas les piden. Sólo los de la tercera edad, libres ya de cualquier  posibilidad de esclavitud (a menos que sean alcohólicos o pertenezcan a algún grupo De fanáticos), tienen la opción de lo epopéyico: la superación de la realidad. Usted, buen Darío (Ruiz Gómez), ha creado un mundo en el que los viejos son los únicos que le dan un sentido Nuevo (aventurero) a la vida, no filosofando sino habitando las grandes superficies por donde marcha, pendiente del teléfono celular,  la muchedumbre solitaria. O sea que los viejos viven otras Posibilidades de la experiencia, sea burlando guardias o comiendo varias veces de las degustaciones o leyendo revistas al escondido o simplemente  mirando o durmiéndose en los asientos. Como  la ciudad les niega todo (excepto guardarlos o ponerlos a jugar como niños), los viejos se dan al reconocimiento de los nuevos paisajes y lugares  de tránsito en los que poder aventurarse hasta perder la noción de realidad que los excluye y lograr al fin entrar en otra de la que no vuelven. Un cuento maestro, Darío. 
 Darío Ruiz Gómez. Escritor, ensayista y crítico antioqueño. 

 | Tomado de un textode ||Memo Anjel|

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