miércoles, 6 de junio de 2012

El Tunel

    Amaba desesperadamente a María y no obstante la palabra amor no se había pronunciado entre nosotros. Esperé con ansiedad su retorno de la estancia para decírsela. Pero ella no volvía. A medida que fueron pasando los días, creció en mí una especie de locura.
    Le escribí una segunda carta que simplemente decía: "¡Te quiero, María, te quiero, te quiero!"
    A los dos días recibí, por fin, una respuesta que decía estas únicas palabras: "Tengo miedo de hacerte mucho mal." Le contesté en el mismo instante: "No me importa lo que puedas hacerme. Si no pudiera amarte me moriría. Cada segundo que paso sin verte es una interminable tortura." Pasaron días atroces, pero la contestación de María no llegó.   
     Desesperado, escribí: "Estás pisoteando este amor."
Al otro día, por teléfono, oí su voz, remota y temblorosa. Excepto la palabra María, pronunciada repetidamente, no atiné a decir nada, ni tampoco me habría sido posible: mi garganta estaba contraída de tal modo que no podía hablar distintamente. Ella me dijo: Vuelvo mañana a Buenos Aires. Te hablaré apenas llegue. Al otro día, a la tarde, me habló desde su casa.
—Te quiero ver en seguida —dije.
—Sí, nos veremos hoy mismo —respondió.
—Te espero en la plaza San Martín —le dije. María pareció vacilar. Luego respondió:
—Preferiría en la Recoleta. Estaré a las ocho.
      ¡Cómo esperé aquel momento, cómo caminé sin rumbo por las calles para que el tiempo Pasara más rápido! ¡ Qué ternura sentía en mi alma, qué hermosos me parecían el mundo, la tarde de verano, los chicos que jugaban en la vereda! Pienso ahora hasta qué punto el amor enceguece y qué mágico poder de transformación tiene.
     ¡ La hermosura del mundo! ¡ Si es para morirse de risa!.Habían pasado pocos minutos de las ocho cuando vi a María que se acercaba, buscándome en la oscuridad. Era ya muy tarde para ver su cara, pero reconocí su manera de caminar Nos sentamos. Le apreté un brazo y repetí su nombre insensatamente, muchas veces; no
Acertaba a decir otra cosa, mientras ella permanecía en silencio.
—¿Por qué te fuiste a la estancia? —pregunté por fin. ¿Por qué me dejaste solo? ¿Por qué dejaste esa carta en tu casa? ¿Por qué no me dijiste que eras casada?
Ella no respondía. Le estrujé el brazo. Gimió.
—Me haces mal, Juan Pablo —dijo suavemente.
—¿Por qué no me decís nada? ¿Por qué no respondes? No decía nada. ¿Por qué? ¿Por qué? Por fin respondió: ¿Por qué todo ha de tener respuesta? No hablemos de mí: hablemos de vos, de tus trabajos, de tus preocupaciones. Pensé constantemente en tu pintura, en lo que me dijiste en la plaza San
Martín. Quiero saber qué haces ahora, qué pensás, si has pintado o no.
—No —le respondí—. No es de mí que deseo hablar: deseo hablar de nosotros dos, necesito saber si me querés. Nada más que eso: saber si me querés.
No respondió. Ah... entonces no me querés —dije con amargura. Encendí un fósforo. Mientras el fósforo se apagaba vi, sin embargo, cómo me miraba con ternura. Luego, ya en plena oscuridad, sentí que su mano acariciaba mi cabeza. Me dijo suavemente:
—Claro que te quiero... ¿por qué hay que decir ciertas cosas?
—Sí —le respondí—, ¿pero cómo me querés? Hay muchas maneras de querer. Yo quiero decir amor, verdadero amor, ¿entendés?

No hay comentarios: