miércoles, 12 de diciembre de 2012

El buen perdedor

   Lo primero es no tratar de entender porqué se pierde.
No es importante: un buen perdedor sabe que nunca sabrá lo que hizo mal y, si lo supiera, poco importaría pues uno sólo puede hacer una y otra vez eso que hace, eterna e irremediablemente. De otra forma, uno no sería uno y sería tal vez el almacenero de la esquina, un instructor de esquí o corredor de bolsa.
   Lo segundo es hacer todo lo posible por entender cabalmente, ahora sí, que se ha perdido algo. No hace falta ponerse melodramático, es posible tomarse una pérdida como un café por la mañana, ese que nos despierta del sueño. Tómeselo en serio pero nunca se lo tome a pecho: perder, lo que se dice perder, perdemos todos. La calle está llena de perdedores y de cosas perdidas que nadie reclama, los bolsillos se acostumbran a ciertas faltas y las manos, tarde o temprano, también.
   Sepa que lo que se le ha perdido no volverá porque es imposible recuperar intacto un olor, un momento, una sensación. Perder es, de alguna manera, firmar un contrato con el tiempo, uno en donde alegamos saber que él siempre pasará y que, en ese sencillo acto de transcurrir, ya se habrán perdido cosas. Los calendarios y los relojes son máquinas de ir perdiendo.

   El buen perdedor puede estar triste: saber perder no implica hacerse un nudo la pena y caminar anestesiado sin sentir ni el viento que despeina. Un buen perdedor se entristece porque la tristeza es la plena conciencia de la irreparable naturaleza de su pérdida. Lloriquea, berrea y maldice porque así es como se expresa la falta y el fracaso. Ocurre que es un perdedor en el gran sentido de la palabra, porque ha sido derrotado y porque se quedó sin algo, algo perdió, hay algo que ya no tiene.
   No se consuela pensando en que hay muchas cosas que ganó. Chocolate por la noticia, claro que sí, pero eso no importa. Ningún perdedor piensa en eso, la lista de lo ganado suele ser corta, trivial y totalmente vana a la hora de lo perdido. Para un buen perdedor sólo existe lo perdido y pensar en el vaso medio lleno sería como faltarle el respeto a ese dolor que tanto lo aqueja, el mismo que una vez fue intento, el que fue amor y empeño en cuidar lo ahora perdido.
    Por eso es que no hace tratos hipócritas con la alegría. No se cree ni por un minuto eso de distraer su nube negra con licores y carcajadas. Por mucho que le encanten, por más que la felicidad haya sido siempre su deseo más viejo y menos secreto, el perdedor que acaba de perder no puede dedicarse a ella.
    Sabe muy bien que perder algo es no encontrarlo más allá donde solía estar, y que eso quiere decir que hay un lugar vacío, que hay un hueco en alguna parte. Y piensa que, aunque más no sea por honrar a esa persona que era antes de haber perdido, no puede ni debe creerse el cuento de la curita feliz. Al fin y al cabo, el buen perdedor es una persona con algo de mundo encima y entiende que toda pérdida (buscada o involuntaria) es, en definitiva, una ausencia, y que ninguna ausencia debería pasar desapercibida en la vida de nadie.
   Entiende que no es tan trágico, que hay cosas que se le pierden a él sin que eso implique que se le pierdan al mundo. Intenta sentirlo todo en su justa medida y piensa en lo que se ha perdido en su mundo, en lo que le falta. No le importa saber que perder no es como matar o morir. Él sabe que, mientras tanto, también hay cosas encontrándose constantemente, porque así es como se mueve el mundo, esos son los cambios que nos hacen girar, que nos hacen vibrar.
   Lo cierto es que lo que se ha perdido, perdido quedará. Buscarlo ya no es una opción.
Y ésa es la dura realidad a la que todo buen perdedor termina por enfrentarse.
Le duele en el alma, porque es una persona que no sabe casi nunca 'hacer como si nada', pero no puede más que sacudirse el mal tiempo y tratar de perder como el mejor.

El buen perdedor hace lo posible por no seguir perdiendo. Por eso se ata, bien atada, la cordura, las certezas, los buenos sueños. Perder le sirve para abrazarse a lo imperdible, para distinguir lo que, de faltar, le quitaría el oxígeno, y para convencerse de que a veces es mejor perder que perderse.
    Un buen perdedor es, por horas, una canción y una cachetada, es un beso amargo, es una puñalada que acaricia. Es una mezcla de cosas que no se acomodan, hasta que por fin se acomodan. Es un espacio indefinido, como las mismas ausencias, que con tanta fuerza está aún cuando no está en ningún lado.
    El buen perdedor es un caos porque así es como se aprende a perder.
Y después del caos, es una lluvia finita, una hoja blanca y un día sin estrenar.


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