martes, 26 de octubre de 2010

A Roth

Reído, leído y controvertido Philip. Para evitar el lavado cerebral tele-mediático, esa realidad fragmentada que quieren dar como la única posible y para ello la repiten de manera delirante, me he dado a la tarea (protestando contra ese ruido que invade mi intimidad) de escuchar a Arthur Rubinstein (ese pianista maravilloso) y de leerlo a usted. Es una cuestión no sólo de dignidad sino de inteligencia práctica (lo que Aristóteles llama frónesis). Y un acto de resistencia, como lo aconseja Michel Foucault. El resultado es simple: logro un hábitat donde sé dónde estoy y quién soy. Y, a partir de ahí, ejerzo las pequeñas libertades de estar en la vida y escoger qué creo, qué me gusta y qué como. Y si bien esto no da dinero ni me sitúa socialmente en ningún lugar importante (si es que queda alguno que moralmente tenga algún valor), logro hacer la digestión sin angustias y duermo profundo. Y, querido Philip, no me aíslo del mundo (como su personaje, Zuckerman, tan preocupado por la próstata) sino de las ideas fijas que   andan por ahí  clonándose mientras los alimentos suben sin control y los aguaceros hacen daños debido a la falta de planeación y orden. Huyo de la palabrería desmesurada y de la imaginería que burla la estética de lo sagrado. Yme parece, como en su novela La conjura contra América, que algo se mueve enrarecido creando un enorme malestar que afecta lo social, lo económico y la poca civilización alcanzada, incluyendo la arquitectura. Ya usted había denunciado algo así (lo enrarecido) en esa crónica política y humorística que llamó La pandilla, que fue un jab de izquierda contra ese extraño planeta Nixon, en el que también habitaron la hipnosis y la brujería. Es evidente que, para las cosas que pasan y la falta de análisis que se acredita, uno vaya desarrollando alguna forma de paranoia. Y como esta enfermedad se manifiesta viendo enemigos donde no están, persecutores que aparecen y desaparecen, en fin, creando sobresaltos (como en sus novelas Mi vida como hombre, Cuando ella era buena o El lamento de Portnoy), la mejor opción, Philip Roth, es crearse un pequeño mundo de cosas conocidas y agradables y moverse por él haciendo un inventario permanente para que lo bueno no desaparezca o sea cambiado por alguna esquizofrenia, como parece que es la intención. Y como digo, no huyo de la realidad sino de esa realidad fragmentada que martillan como si fuera un spot publicitario. Quizás esté equivocado, pero es cosa de digestión.
 Philip Roth, escritor norteamericano (Newark, New Jersey, 1933), se inicia con una novela corta y cinco relatos, Goodbye, Colombus). Yde ahí en adelante no para de contar la vida. Es propenso al premio Nobel y a que lo odien por todas partes. 

| Por |José Guillermo Ánjel R. |

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